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Un momento fuera del tiempo: sobre «Nazca/Sudamericana» de Constanza Alarcón Tennen en Galería Patricia Ready

Bocas que se frotan contra una mano; dedos que palpan palmas. Índices extendidos, deseantes. Caricias, manoseos, de barro, tierra, de arcilla. Un alfabeto del tacto, eternamente incompleto, para siempre en construcción. Un tanteo, un ensayo, de cuantas maneras hay de tocar-se; de tocar-nos. Quizás dicen algo sobre el virus, el aislamiento, la melancolía. Quizás dicen algo sobre la naturaleza de nuestra existencia humana. De la posibilidad -o imposibilidad- de tocarnos, de encontrarnos, de comunicarnos. Del miedo -el terror- de estar profundamente, completamente, solos en medio de la noche. O quizás nos hablan del riesgo de tocar, de chocar; de ser transformados por encuentros imprevisibles, incontrolables, con otros profundamente distintos, nuevos.

Pero también: objetos silbantes. Sibilantes. Osea: objetos funcionales y estéticos. Como las cerámicas precolombinas. Vasijas que reciben agua, alimento, ofrendas. Extremidades que reciben aliento, que contienen aire, canción. En un muro, un grupo de mujeres vibra al ritmo de un himno antiquísimo. Parecen sacerdotisas, parecen bailarinas, se parecen a mi, a ti. Extienden sus manos; manos viejas, manos jóvenes. Pies que golpean, rítmicos, el suelo. Cuerpos que se mecen, como si fueran uno. Como si fueran una.

Unas manos salen de la pared. Ofrecen piedras y madera, en equilibrio. A su alrededor, un albor ultravioleta cubre suavemente todo. Las piedras pesan; el peso de ser testigos del pasar del tiempo. Piedras suaves, pulidas durante milenios por el roce del agua, del sol, del viento. El mismo viento que susurra por las manos de Constanza. Un aullido sobrenatural, pretérito. Una advertencia, una historia, un momento.

Las manos ofrecen piedras que cuelgan de hilos, de malla. Un trozo de madera milenario, convertido en roca dura, fosilizado por los años. Las manos ofrecen piernas. Piernas envueltas. El viento pulula, se cuela por esa membrana que contiene pero también revela. Que al mismo tiempo que permite que se contamine su carga, contamina a quien la mira. “Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”. Las manos ofrecen pero también toman. Afectivas y misteriosas.

En el suelo, los restos de una (¿la?) civilización. Manos derramadas sobre lozas de mármol; un reguero de extremidades en tensión. El momento posterior a un encuentro sísmico entre amantes. El momento después de un terremoto, de que se mueva el piso bajo nuestros pies y perdamos momentáneamente la noción de donde estamos, de quien somos. Un momento que es demasiado, demasiado, demasiado; más de lo que podemos entender. Suprahumano, sobrehumano. En los parlantes, un susurro, un poema, otra canción.

La escena es, finalmente, un baile de fuerzas. Un campo de batalla de influencias. Gravedad y peso, campos magnéticos, la fuerza subterránea e invisible de las placas tectónicas. Fuerzas que cruzan y envuelven todo.

Es difícil darle palabras a la obra de Constanza Alarcón Tennen. A pesar del poema que se cuela por los parlantes, a pesar de la descripción que acompaña la exposición, esta es, eminentemente, silenciosa, sensible, furtiva y profunda. Una obra pre-histórica. O, mas exactamente, pre-verbal.

Antes del verbo, el tacto.

Dónde: Galería Patricia Ready; Espoz 3125, Vitacura .

Cuando: desde el 25 de noviembre hasta el 20 de enero de 2022, lunes a viernes de 10:30 a 19:30 horas, sábados de 11:00 a 17:00.

Cuánto: Gratis.

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